…el GRAN colegio Santa Rait…
No señora lectora. No señor lector. No voy hacer apología, con este cuento, del delito escolar. Estoy en contra de aquellos alumnos que en su etapa secundaria, cometen agravios dentro y fuera de la escuela por puro placer. Bajo ningun punto de vista quiero que esta historia sea excusa de futuras barbaridades que pudieran propinar los ya pronto egresados escolares. No, señora. No, señor. No, manzana.
Hubo una época no muy lejana donde el mundo entro en guerra. Un día como cualquier otro, a un señor de pelo blanco y canoso se le ocurrió inventar a un amigo invisible morocho y de turbante; para luego adjudicarle el envío de dos aviones que estrellaron contra dos edificios, los cuales cayeron de la misma manera que cae el Yenga después del cuarto tinto con amigos.
Ese mismo día, Andrés Pontiroli partió junto a sus amigos; a su viaje de egresados. Por lo cual, imaginaran, no se entero de una mierda de todo lo que estaba pasando en el mundo exterior. Exterior a él, claro.
No ahondaremos en contar detalles de tan aburrido viaje, no creo que este sea un interés genuino de algún lector. Sin embargo, considero que es importante aclarar que fue en este viaje donde Pontiroli decidió que tenia que hacer algo para generar una anécdota digna de contarse por generaciones y generaciones de próximos estudiantes de su colegio.
Como buen alumno que era, Pontiroli siempre tenia asignada alguna labor especial por sus preceptores. Durante los primeros tres años de su secundario, fue “Encargado de Fotocopias”, un curro excelente para ausentarse a cualquier momento del aula. Ya en cuarto, la confianza depositada por sus superiores en el, hicieron que fuera ascendido a “Encargado de Laboratorio”, para finalizar su secundaria como “Delegado”; el puesto mas alto y mas pelotudo que una persona pueda aspirar. Cabe destacar que como “Delegado” logro importantes cambios dentro del sistema escolar, como eliminar todos los otros cargos y de este modo, cagar olímpicamente a sus compañeros.
Una mañana de noviembre, más precisamente un viernes 16, Pontiroli se dispuso a realizar sus obligaciones. Camino hacia el Laboratorio con uno de su compañero, Nahuel Bernasconi, y mientras este último se quedaba en la puerta, Pontiroli saco del aula mencionada a Fredy Huesitos.
Fredy Huesitos había llegado al colegio en el año 1988; Andrés lo recordaba bien porque fue en el mismo año que él ingreso en el pre-escolar. En ese entonces, Pontiroli y otros locos bajitos tuvieron el honor de elegirle un nombre al nuevo esqueleto del colegio.
Esqueleto que una vez ingresado, jamás se utilizo para nada: el pobre vivía siempre tapado por una bolsa de consorcio. Y lo que es peor, Fredy Huesitos no había conocido jamás, las instalaciones del Instituto. Jamás, en sus 18 años de existencia dentro del mismo.
Pontiroli miro a su compañero, y luego de un gesto que indicaba “esta todo bien dale boludo apurate forro”; se saco su chomba bordo, para luego ponersela a Fredy. Acto seguido, extrajo de su mochila su buzo de egresados, con el cual cubrió su torso masculino y viril, y dijo las palabras mágicas.
- “Fredy, empieza tu viaje”.
Fredy disponía de una plataforma de madera donde apoyarse, la cual contaba con 4 rueditas iguales a los escritorios de Pc pedorros que venden en el Easy. Esto, facilitaba su traslado.
El laboratorio estaba ubicado en el tercer y ultimo piso del edifico, y la puerta de este estaba a pocos metros del único ascensor. Ambos estudiantes ingresaron junto a Fredy en el mismo, para bajar un solo piso. Salieron, y frente a ellos se encontraba la primera aula que iba conocer Fredy. El Tercer año. Dejaron a Fredy pegada a la misma, pusieron su esquelético brazo sobre la calavera, golpearon la puerta, y se escondieron.
El profesor que dictaba clases en ese momento abrió la puerta, y acto seguido se escucho el primer estruendo de carcajadas, seguido por unos calurosos aplausos. Ante la mirada atónita del profesor, Pontiroli y Bernasconi empujaron rápidamente a Fredy hasta la próxima puerta, logrando producir el mismo efecto.
Repitieron el hecho una o dos veces mas, hasta que el grito de la preceptora mas Grossa de todas -“Pontiroli llevas eso a su lugar me queres hacer favor”.- hizo que ambos alumnos decidieran dar marcha atrás con sus pasos. Nuevamente dentro del ascensor, descendieron hasta la planta baja; donde se ubicaban el “Aula de dibujo”; la “Biblioteca”, la “Tesorería”; la librería y por supuesto, la portería, la cual era celosamente vigilada por el portero mas buchon y querido de todos.
Fredy conoció así las instalaciones, y también a los habitantes de cada sección. Todos rieron al verlo, putearon un poco a los alumnos que acompañaban en el viaje al esqueleto y dejaron seguir el viaje de los mismos.
Como las cagadas si se hacen, hay que hacerlas bien, Pontiroli había sincronizado con Nahuel el tiempo del viaje, para que este finalice de la mejor manera. A la hora señalada, las crónicas indican que ambos alumnos ascendieron hasta el ultimo piso junto a Huesitos, en el mismo momento que el timbre del primer recreo, sonaba.
Aprovecharon el primer minuto para trasladar al esqueleto hacia medio del patio, y antes de la llegada de los preceptores, se escondieron en el baño. Aprovechando la confusión general producida por la salida de todos los alumnos, estos se mezclaron con los mismos y disfrutaron del efecto producido por su idea pelotuda: aplausos, risas, y exclamaciones del tipo “que pelotudos”; “están MAL de la cabeza”; “son unos enfermos” y otras que no vale la pena mencionar.
Quiso la santa virgen patrona del instituto, que ningún preceptor ni directivo haga presencia en el patio, lo cual fue aprovechado por estos dos pelotudos para trasladar a Fredy hacia su ultima visita: el “Aula de Profesores”; la cual estaba ubicada justo al lado del Laboratorio.
Esta vez, Bernasconi corrió adelante, golpeo la puerta de la misma, y esta se abrió justo a tiempo para que los responsables de la educación vieran pasar a Fredy empujado por Pontiroli.
Finalizo así el paseo de Fredy Huesitos, volviendo a su lugar de origen, donde ambos alumnos lo dejaron tal cual lo habían encontrado.
Es de suma importancia recordarle al lector que la tecnología aun no era tan avanzada por aquella época, motivos por los cuales no existían ni el GPS –razón por la cual George tiraba bomba para cualquier lado con la intención de darle a su enemigo-; ni tampoco el celular con cámara. Esto imposibilito que quedaran registros fotográficos, menos aun filmaciones.
Este escritor, agradece el material fotograáfico enviado para ilustrar esta narración; y deja en claro que El Inodoro de Blanca Cota esta totalmente en contra de que algún lector que este en edad escolar repita el acto, y de uso a la tecnología actual.
Inclusive, considera que no es conveniente que, de repetirse el acto, se envíen las fotos a este espacio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario