martes, 30 de octubre de 2012

El Festival de los Planteos Eternos


Cuenta la leyenda, que un día el Ser Supremo eligió darle existencia al Todo. Y le dijo:
"Para ser todo, deberais separarte. Y reconocer que sois la nada".
(Anónimo)



El insomnio ya estaba cansado de ganarle por goleada. Pegar un ojo antes que los primeros gorriones le cantaran al sol era para el muchacho una proeza digna de realizar, y sucedía pocas veces al mes. Solía suceder después de un día de un andar extremadamente continuo y ligero, o luego de una reunión entre pares, aunque estas ultimas le generaban una serie de interrogantes, de esos que sospecho ni Aristoteles pudo resolver.

Este insomnio habrán deducido los lectores le provocaban incontables inconvenientes: llegar a la oficina con jabón en la oreja, olvidarse que suele usarse dos medias en lugar de una, llevar en el maletín el control de la tv, dormirse sobre el timbre del colectivo, despertándose con el grito del amistoso bondilero "ya te escuche, pelotudo". Esto, por citar algunos ejemplos.


Dios aprieta pero no ahorca, aunque a veces s ele va la mano. Eso no es lo malo. Lo malo es que veces se olvida que se le va la mano. Pero, nobleza obliga reconocerlo, siempre afloja  Y un buen día  Dios se apiado de este muchacho. 


Subía él en el ascensor hasta su séptimo piso, cuando una vecina que no conocía hizo su aparición. - "Hay nene, no lo viste a Carlos? Se me rompió la lampara del baño, no me puedo duchar asi... Hay nene, vos estas bien? Tenes una cara de perdido...". Nuestro amigo pudo balbucear que se estaba practicando el deporte de dormir poco, por lo que la vecina, oriunda de la Quebrada del Humahuaca, le recomendó beber agua de coco.

(Si, agua de coco. No existe el argumento geográfico valida para asociar los cocos con la Quebrada del Humahuaca, pero es mi historia y la escribo como quiero.)

Esa noche, contento con su vaso lleno de agua de coco, se lo bebió de un tirón,  no sin antes maldecir al verdulero que le habia quitado unos hermosos 200 pesos de su billetera "¿Sabes lo que me costo conseguirte este bendito coco, nene?". 

Habrá sido la autosugestión, el coco, o los 200 pesos, pero esa noche, mientras en la lejanía se escuchaba la música de una fiesta de universitarios en vacaciones, pudo cerrar sus ojos y entrar en sueño profundo, a poco apoyar su oreja en la almohada.

Y soño.


El cielo estaba nublado, pero las antorchas iluminaban perfectamente el campo: ubicadas una a tres metros exactos de la otra, formaban un circulo perfecto. En el medio se hallaban contenedores de madera, con agua, hielo y botellas de diversos colores. Cerca de de estos un anciano, de barba muy blanca, encorvado y tapado solo por una tela blanca, dibujaba en el aire, flores, pájaros y otros trazos, y cada tanto escribía palabras sueltas, que se unían a otras, para desaparecer.
Del circulo brotaba una música conocida, música que mezclaba los sonidos del tambor, los platillos y las trompetas. Estos instrumentos eran tocados por seres sin rostro, los cuales seguían las instrucciones de otros dos seres, de facciones españolas. No podía distinguirse quienes.
Una fuerza lo invitó amablemente a pasar al interior del circulo, comentándole que lo que allí ocurría era un festival, y que al ingresar el iba a poder cantar, bailar y beber cuanto quisiera, y para salir debía solamente hacer una paga, mínima, para que la fiesta pudiera sustentarse. 
No recuerda haber decidido hacerlo, pero de pronto encontrabase dentro del circulo, sintiendo el calor de las antorchas, teniendo en sus manos una congelada botella azul, y rodeado de adultos y niños, todos ellos ataviados con largas túnicas verdes y capuchas de igual color, que jugaban a un juego parecido al "digálo con mímica". La música sonaba, fuerte, alta, repetitiva, alegre.
Los encapuchados realizaban saltos, bailes, subían unos sobre otros, se abrazaban, golpeaban  rodaban por el suelo.
El viejo dibujaba: un árbol, una casa. Escribía: ¿Quien sois? ¿Por que has venido? ¿A donde iras? ¿Como deseas ir? 
El soñador sonreía, bebia, cada tanto zapateaba al compás de la música, y miraba la interaccion de los encapuchados. Luego de un tiempo -pudo haber sido 10 o 55 minutos, tal vez 3 horas, una tarde entera, no fueron pocos segundos- entendió que las palabras y dibujos del anciano se repetían  y que otras personas como él, entraban en el circulo, interactuaban con alguno de los seres, conversaban en voz baja con el viejo, y antes de salir, arrojaban un papel.

Un encapuchado le señalo las palabras mientras estas se desvanecían en el aire.  El intento decir, pero su voz no salio. Se acerco al viejo. Este le señalo también las palabras: ¿Quien sois? ¿Por que has venido? ¿A donde iras? ¿Como deseas ir?
Despertó. No recordó el sueño. Tuvo un día lleno de energía, y lo finalizo con otro vaso de agua de coco. Volvio a soñar esa noche, y la otra, y la otra. Pasaron semanas, en las que comenzó a ser consciente de su sueño. Siempre el mismo sueño, siempre las mismas preguntas. Una noche decidió que iba a irse del festival, tomo su vaso, y se durmió.

Las antorchas iluminaban con mas fuerza e irradiaban mas calor, la música sonaba mas fuerte y nítida, y esta vez  se escuchaba a los españoles cantar. La letra era conocida. El viejo sonreía, los encapuchados se expresaban con mas vehemencia, los líquidos de las botellas eran mas ricos. Se acerco al viejo:
"- Deseo irme, cual debe ser mi paga?" El viejo le contesto: "- Responde mis preguntas en este papel". Escribio: "Soy quien no dormia disconforme con su realidad, y he decidido venir para reconocerlo. Ire hacia el lugar que me esta esperando hace años, y donde se encuentra lo que me ha sido obsequiado. Caminare sonriendo agradeciendo lo vivido, entendiendo que el camino es mas importante que el destino, ayudando a quien me lo pida a transitar el suyo. Emprendere el viaje sin nada, nada tengo, nada me pertenece, solo yo y mi poder para crear las circunstancias." Arrojo el papel, y salio.
Esa mañana, al bajar, encontró a su vecina. "Pensé que te ibas a quedar en ese festival", le dijo. El sonrío. "Gracias por su recomendación, señora." Salio a la calle. Por primera vez en mucho tiempo, noto el aire festivo que existía en el barrio, y que pocos podían ver. Sintonizo su radio favorita en el mp3 y reconocio, al instante, la música con la cual soñó durante noches.